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Te regalo una banderita y te digo…

El sol se desploma en la ciudad indecente, queda poca gente caminando en este desierto, a lo lejos escucho un chiflido, me acerco, freno, y las palabras que siguen al portazo son: si vas a conducirme por el infierno, esta noche llévame al cielo…

La banderita la tenía puesta, estaba inmersa en la translación, estado en el que somos receptores y emisores de sensaciones que no requieren de más, gracias al anonimato de la urbe. El anonimato es el combustible de la gran ciudad; sentirse desconocido y contemplar con esa mirada perdida desde el TAXI y así compartir o no con nuestro interlocutor la locura en la que estamos inmersos.

El taxi no es solamente un medio de transporte, es un medio de translación mental, visual y ante todo personal, porque tú lo has solicitado.

Esta historia se desarrolla en un taxi de Buenos Aires y se repite en todas las grandes ciudades sumidas en el placer del ser anónimo.